¿Quién decís que soy yo?

25 10 2007

La pregunta que Jesús había dirigido a los doce en el camino de Cesarea hubiera debido ser el principio de la total conversión a la nueva doctrina. ¿Qué necesidad podía tener Jesús de saber lo que los demás pensaban de Él? Semejante curiosidad prende tan sólo en las almas inciertas, en los que no se conocen, en los débiles, que no saben leer en sí mismos; en los ciegos poco seguros del terreno que pisan. En cualquiera de nosotros parecía más legítimo que en Él una pregunta como ésa. Porque nadie sabe verdaderamente quién es; nadie conoce con certeza su condición, su misión, el nombre con el que se le ha de llamar. Pocos tienen el valor de preguntarse a sí mismos: ¿Quién soy? Y todavía menos los que pueden responder.

 

Pero ¿qué podía importarle a Jesús lo que decían de él los hombres del lago y de los pueblos? ¿A Jesús, que podía leer en las almas los pensamientos ocultos de ellos mismos? ¿A Jesús, que era el único que sabía con indecible certeza, sin necesidad de comprobación y mucho antes de aquel día, cuál era su verdadero nombre y su verdadero ser?

 

En efecto, no interrogaba para saber, sino para que sus fieles, al cabo, sepan también. Y a las primeras respuestas ni siquiera contesta: “algunos dicen que era Juan el Bautista resucitado; otros que Elías o Jeremías o uno de los antiguos profetas resucitado” ¿Qué le importan tales groseras suposiciones de los simples y los extraños? Quiere que de ellos, precisamente de los Apóstoles, destinados por Dios a dar testimonio de Él entre los pueblos, venga la respuesta definitiva. Quiere oír la confesión espontanea de aquellos que más de cerca le ven vivir y le oyen hablar. El nombre que ninguno de ellos ha pronunciado hasta entonces, como si a todos les diese miedo, debe irrumpir como una confesión de amor de una de aquella almas; debe ser deletreado por una de aquellas bocas.

 

-Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?

 

Y entonces en Simón Pedro sede a la iluminación que le supera a sí mismo. Ya no contiene sus palabras: acuden a sus labios casi sin quererlo él, en un grito de que él mismo, un minuto antes, no se creyera capaz. “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo. Tus palabras lo son de vida eterna, y nosotros hemos creído y conocido que eres el Santo de dios”

 

Al cabo, de la dura Piedra ha fluido el manantial que ha calmado la sed hasta hoy sesenta generaciones. Era su derecho y su premio. Pedro había sido el primero en seguirle en su divina peregrinación; correspóndele a él ser el primero en reconocer en el peregrino anunciador del Reino, al Mesías que todos esperan en el desierto de los siglos y que, al cabo, ha llegado y es el que está ante sus ojos pisando el polvo del camino.

Extracto de “Historia de Cristo” de Giovanni Papini 


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