La Disciplina en la Iglesia / Parte III

2 07 2007

Las causantes
Un tema clave pero delicado, es discernir qué asuntos deben ser objeto de disciplina. Personalmente, me hubiera gustado que el NT ofreciera una lista con todas las causantes de la disciplina y la manera de actuar en cada causa. Pero, respetando la soberanía y sabiduría del Autor del libro, necesitamos discernir entre varios pasajes.

Para simplificar el panorama, sugiero, para resumir los datos, tres causantes principales.

Primero, deben ser disciplinados aquellos que siguen en directa desobediencia a la Palabra. Si la Biblia es realmente Palabra de Dios, entonces es la regla absoluta para nuestras vidas. No podemos dejar a un lado los mandatos que no nos convienen, como comúnmente se piensa del pecado mencionado en Santiago 2:9 …pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores. (2:8,9) aunque esa sea una práctica bastante común en la congregación.

Con esto todos estaremos de acuerdo, aunque no siempre es fácil ponerlo en práctica. Creo (y reconozco que algunos lo niegan con sus hechos enfáticamente), que hay áreas “grises” en las Escrituras con respecto a prácticas. Es decir, que no son ni blancas ni negras.

Doy un par de ejemplos simples. Pablo en 1 Timoteo 2.8 dice que los hombres deben levantar las manos cuando oren. ¿Es pecado no hacerlo? Hay iglesias donde lo hacen, otras que no.

Otro ejemplo. El Señor en Juan 13.15 dice que debemos lavar los pies de los hermanos. Hay muy pocos grupos que lo hacen. ¿Será pecado no hacerlo?

Expongo lo siguiente expresado en cierto artículo:
“El Nuevo Testamento expone magistralmente y con gran claridad las normas para regular la disciplina y expulsiones en la iglesia en pasajes como lª de Corintios 5:11-13, Mateo 18:15-17 y otros.

PECADOS OBJETIVOS Y PECADOS SUBJETIVOS

Al estudiar este tema en la Biblia es importante notar que la disciplina SÓLO se aplica en los casos de pecados objetivos y no subjetivos. Esta distinción es importante. El concepto de pecados objetivos se refiere a pecados claros, evidentes, que son obvios y pueden comprobarse por medios objetivos: por ejemplo, el robo. Pecados “subjetivos” se refieren en Teología a pecados que son difíciles de comprobar objetivamente y cuya interpretación puede ser subjetiva: por ejemplo, el envanecimiento.

Por supuesto la consecuencia espiritual de cualquier pecado siempre será la misma: ruptura de la comunión con Dios y muerte espiritual (Romanos 6:23; Santiago 1:15; Isaías 59:2).

NO TODOS LOS PECADOS DAÑAN IGUAL,

Pero no todos los pecados tienen la misma consecuencia para la reputación de la iglesia ni dañan igual las relaciones entre las personas. Unos las dañan más y resultan más destructivos. Los pecados “subjetivos”, pueden ser internos y ser evidentes sólo para la persona que los comete. Los pecados objetivos, suelen ser públicos, por lo general escandalosos, y tienden a dañar por medio del ejemplo u otras acciones a terceras personas. Una persona que roba y mata causa mucho más daño que alguien solamente envanecido.

Y el Nuevo Testamento establece claramente una diferencia en la forma de tratar con estas conductas. Por ejemplo el apóstol Pablo instruye en la lª epístola a los Corintios 5:1-13, a expulsar de inmediato a una persona que estaba viviendo en clara inmoralidad sexual; pero en la misma epístola no manda a expulsar a un grupo de los corintios que estaban envanecidos (1 Co. 4:18 y 19). El que practicaba la inmoralidad necesitaba ser ministrado fuera de la iglesia. Los envanecidos podían ser atendidos dentro de la comunión. Ciertamente ni los fornicarios ni tampoco los faltos de humildad van a heredar el reino de Dios (1 Co. 6:9; Mt 5:3) pero es evidente que sus casos son distintos en cuanto al tipo de ministración que necesitan, al daño que provocan a los demás, y al desprestigio que traen sobre una congregación.”

Quiero llegar a lo siguiente. Hay temas en el NT en los que las iglesias, en la práctica, tienen cierta flexibilidad. No siempre es fácil determinar si la posición de la iglesia depende principalmente de una comprensión clara de las Escrituras, o de una tradición denominacional. Necesitamos discernir dirigidos por el Espíritu.

Siempre debe de tratarse de un pecado latente, objetivo y no sólo cuestiones subjetivas.

En todo caso, la regla final para la conducta de los creyentes tiene que ser la Palabra, y la iglesia no puede permitir que un hermano directamente la desobedezca.

Algunas pasajes bíblicos que enlistan pecados que ameritan expulsión inmediata son 1 Co. 5:11 Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis.

Segundo, debemos disciplinar a los que enseñan falsa doctrina. Enseñar doctrina falsa hace mucho daño a la iglesia, y Pablo en su carta a los Gálatas dice que la persona que lo hace sea anatema, es decir, está bajo condenación, algo que se debe evitar (Ga. 1.8). Juan dice que no debemos recibir a tal persona (2 Jn. 10).

Hay muchas advertencias en el NT acerca de la enseñanza de doctrina falsa, especialmente porque puede ser enseñanza diabólica (1 Ti 4:1). Pablo en su exhortación a los ancianos de la iglesia de Éfeso dice que pueden levantarse hombres dentro de la congregación con “nuevas” verdades, como también “maestros” que pueden traer doctrina errónea a la iglesia.

Pero es importante destacar que nunca se debe disciplinar a un hermano porque piensa de una manera diferente que nosotros. Puede ser que su interpretación de la profecía, por ejemplo, sea diferente de la posición “oficial” de la iglesia. Pero si esa diferencia no afecta su conducta cristiana, y si él no intenta imponer sus ideas sobre los otros miembros de la iglesia, no existe ningún problema. Siempre habrá personas en la congregación con sus ideas e interpretaciones propias, pero no por esa razón requieren disciplina.

Tercero, se debe disciplinar a los que crean divisiones en la iglesia. Pasajes como Romanos 16:17, 18 y Tito 3.10, 11 tratan el tema. Pero el pasaje más contundente es 1 Corintios 3:16,17, en él Pablo dice que el Señor destruirá a la persona que destruye a su iglesia. La iglesia es una posesión muy apreciada por Dios, y ¡ay de la persona que le hace daño o maldice (hablar mal sin conocimiento), para crear división en el Cuerpo de Cristo, como el caso del mismo predicador antes citado: Iturbide llamando a un servidor, que al tiempo de escribir ésta me encuentro iniciando una célula en mi casa• llamándome “creador de nueva religión” con ese celo denominacional del apóstol Juan Boanerges. Recordemos que 1 Co. 5:11 también enlista al maldicente (calumniador) Testigo de esto fue Laura Rangel a quien se lo comentó en días pasados.

11 Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis.

Y también:
55 Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; 56 porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea.

Se ve en las Escrituras que la disciplina es necesaria, pero también que no es arbitraria. Los fariseos preguntaron a Jesús: “¿Le está permitido a uno divorciarse de su esposa por un motivo cualquiera?” (Mt 19.3), y de la misma manera, podemos preguntarnos; “¿Le está permitido a la iglesia disciplinar por cualquier motivo?” En ambos casos la respuesta tiene que ser “no”. La disciplina en sí es el acto final de todo un proceso, y llegamos a ese punto solamente en casos extremos, casos que seriamente perjudican a la persona o a la congregación.

Parte I | Parte II


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