La Disciplina en la Iglesia / Parte II

30 06 2007

Modelo de disciplina
Hebreos 12:3-11 nos ofrece el mejor modelo de la disciplina. Habla de la disciplina que todos recibimos… o por lo menos, debemos recibir, de parte de Dios. Notemos tres características de esta disciplina.

Primero, es disciplina paternal, de un Padre que nos ama y nos comprende. Un buen padre disciplina porque ama (v. 6). Un buen padre disciplina porque quiere que su hijo crezca hasta ser una persona sana, recta, íntegra. Un buen padre disciplina porque está preocupado por las consecuencias del pecado en la vida de su hijo. Nuestro Padre no nos disciplina porque “merecemos castigo”, sino porque necesitamos ser corregidos; Jesucristo se entregó a sí mismo para presentamos como una iglesia sin mancha y sin arruga.

Segundo, es disciplina con dolor. El ejemplo más claro es la disciplina hacia los niños en familia, cuando los chicos son pequeños, se tiene reservada una vara que ellos conocen. La utilizamos algunas veces, pero es muy efectiva aplicada al trasero de un niño desobediente, porque la aplicación duele.

Este pasaje habla del sufrimiento, pero es importante destacar que Dios no es el autor de ese sufrimiento. Nosotros, en ocasiones sufrimos de diferentes maneras, pero no siempre son sufrimientos “enviados” por Dios, tal como la persecución que sufrían los hebreos no venía de parte de Dios en el caso de Santiago (Stg 1:13 y 17 lo subraya).

Pero lo que este pasaje destaca (y muchos otros) es que Dios utiliza ese sufrimiento para nuestro bien. “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que por medio de ella han sido ejercitados” (v. 11). Y lo insólito es que, hablando de Jesucristo, el autor de Hebreos dice: “…aunque era Hijo, a través del sufrimiento aprendió lo que es la obediencia.” (5:8)

Tercero, es disciplina que da fruto. Tanto Santiago (Stg 1:2,12) como Pablo (Ro 5:3,4) destacan que la prueba, el sufrimiento, nos pueden hacer bien. Dios utiliza lo que nos duele para forjar más de su Hijo en nosotros. La disciplina no solamente sana a personas, sino también a iglesias.

Del ejemplo del Padre, vemos que la disciplina nace de una preocupación por el bienestar mayor de hijo, y aunque duele, es algo que necesitamos para nuestro bien.

Habiendo definido la naturaleza y las características de la disciplina bíblica, se hace necesario explorar el proceso bíblico de cómo aplicar la disciplina.

¿Cómo se realiza el proceso?
La iglesia, por su propia salud y por la salud de sus miembros, necesita practicar la disciplina. Pero como ya hemos visto en los párrafos anteriores, hay de disciplina… a disciplina. Una buena mayoría de la disciplina que practica la iglesia no se practica según las pautas bíblicas, y en muchos casos, es más castigo que disciplina.

La única descripción del proceso que hemos de seguir para aplicar la disciplina viene del Señor mismo. Esta descripción concuerda con muchos otros pasajes del NT. Siguiendo la pauta de Mt 18.15-17, los pasos son esencialmente tres.

Primero, acerquémonos personal e individualmente a quien pensamos que puede andar mal. NUNCA debemos confiar en otros: –“quiero que ores por Juan, porque aparentemente…”. Hablar con otros, antes de hablar con la persona afectada, es chisme, o peor, calumnia.

La empatía (habilidad de imaginarse a uno mismo en el lugar de otro y entender los sentimientos, deseos, ideas, y acciones del prójimo) es un elemento indispensable en el manejo y administración de la disciplina bíblica.

Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Ga 6:1

Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. 1 Co. 10:12

Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas. Mateo 7:12

El pasaje en Ga. 6:1 afirma que debemos acercarnos “amablemente”, con mansedumbre. Según mi percepción del pasaje, implica que debemos acercarnos con el presupuesto de que nuestra sospecha es falsa. Especialmente si la “evidencia” viene de terceras personas, hay una gran posibilidad de que es una distorsión ocasionada por malentendidos.

El acercamiento debe ser SIN hacer acepción de personas, lo cual es un grave pecado (peor en caso de ser un ministro ) según la epístola de Santiago que declara: 8 Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis; 9 pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores. (2:8,9).

Como si estuviera tratando con su mejor amigo, sin malicia infundada, sin investigar si trae escondida una grabadora el hermano (como lo hizo Moisés Cruz con Martín Ramírez hasta en tres ocasiones diferentes, sin haber antecedentes o causas para hacerlo, ¿Así hará Moisés con todas las personas con las que platica?), no para acusar, sino en amor, para averiguar. –Hemos oído de tal cosa, o nos damos cuenta de otra… ¿es cierto? Debemos escuchar lo suficiente. Es muy posible que nuestras primeras impresiones sean falsas, y con un poco de conversación se aclara todo. Y con esto, asunto terminado.

Pero, ¿si la sospecha resultó ser cierta, y nuestro hermano anda mal? Entonces debemos aconsejarle, ayudarle a discernir, con las Escrituras en la mano, qué está errado. Buscamos que cambie de actitud, que reconozca su pecado o error, el peligro y riesgos que corre si persevera en el error (Stg 5:19).

Si nuestro hermano reconoce su pecado, y se arrepiente de él: asunto terminado. No debemos hablarle a nadie más acerca del tema. Tampoco hay indicaciones en el NT de que debemos “castigar” al pecador arrepentido. Si Dios perdona, tenemos la obligación de hacer lo mismo (Ef 4:32). Si no hay purgatorio en el cielo, tampoco debe haberlo en la iglesia.

Pero ¿si no quiere aceptar nuestro consejo, si se justifica y no muestra ninguna intención de cambiar? Debemos, en ese caso, pasar al segundo paso del proceso de disciplina.

Segundo, acerquémonos de nuevo al hermano en pecado, pero esta vez acompañados con dos ó tres personas o testigos. Deben ser hermanos de mucha confianza, hombres espirituales, que pueden ayudar en la tarea de “convencer al pecador” no destruirlo, ni para ir desparramando la noticia por todos lados.

De esta forma, el “errado” se dará cuenta que no es simplemente un capricho personal de nuestra parte, sino que es algo que involucra también a la iglesia. También vemos que el principio de hacer una acusación acompañado por “dos o tres testigos” es un principio fundamental en la Biblia (note también 2 Co 13:1 y Heb 10:28).

De nuevo, si reconoce su error, y se arrepiente, asunto terminado. Nuestro propósito y el de Dios se habrá logrado.
Pero si no nos hace caso, entonces hay un tercer paso (Mt. 18.17). Los primeros dos pasos no siempre son asunto del liderazgo de la iglesia. Pero a esta altura la persona “enferma” ha entrado en un estado grave, y es necesario involucrar a toda la congregación.

No tenemos detalles de cómo proceder con este paso, pero supongo que será necesario que los “dos o tres testigos” hablen con el pastor o los ancianos de la iglesia primeramente. Y él (o ellos) hablarán con la persona errada. Si se confirma el testimonio de los testigos, es decir, que esa persona se mantiene firme en su decisión de no cambiar, entonces será necesario hacer una denuncia pública en la iglesia. Está debe ser clara, con nombre del pecador, y del (los) pecado(s) motivo de la disciplina y la cual deberá ser analizada y ordenada por un ministro competente.

En el NT, la última etapa de la disciplina involucraba a toda la iglesia. Lo vemos, por ejemplo, en el caso del hombre que vivía con su propia madrastra. Las instrucciones del apóstol eran “quiten a ese pecador de en medio de ustedes” (1 Co. 5:13). Pablo también dice a la iglesia de Roma que deben apartarse de hermanos que causan divisiones y ponen tropiezos en contra de la doctrina (Ro. 16:17).

Se exige, como consecuencia, LA UNIDAD de la Iglesia en toda decisión. Puesto que esto creará problemas en cuanto a la aplicación o no de cualquier disciplina, creándose al mismo tiempo “partidos con diferentes opiniones” en el asunto.

Esta es la única forma de disciplina que encontramos en el NT. No encontramos diferentes “niveles” de disciplina, menos de castigo. En esencia, hay dos escenarios: el pecador que se arrepiente, y recibe perdón, o el pecador obstinado que está separado de la iglesia.

Y en todo caso, la disciplina siempre tiene el mismo propósito: efectuar un cambio en la persona. Como dice Pablo, “para que le dé vergüenza” (2 Ts 3.14). Y si hizo falta más castigo o venganza, es algo que debemos dejar en las manos del Señor. “A mí me corresponde hacer justicia: yo pagaré, dice el Señor.” (Ro. 12:19).

Parte I


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